1/4/11

House MD, en busca del éxtasis

El doctor House es un tío que me cae simpático, es un personaje lleno de incoherencias, aspecto destacado en toda existencia humana. Odia al resto de la humanidad, pero a la vez necesita a una persona a su lado, ya sea su compañera Cuddy o su amigo Wilson. Se trata de una persona egocéntrica y arisca pero vive salvando vidas; tiene una filosofía de vida muy personal y solitaria pero no perderá ocasión, como todo buen pensador, de enseñársela al mundo cuando este detenga su foco en este inválido irónico. En fín, el doctor House no es una persona común, su carácter posee cierto magnetismo en algunas personas por tres razones, o bien valoran la total sinceridad de una persona o se sienten identificados en parte con este peculiar ser o simplemente les atrae este personaje que no tiene ningún problema para destruir los convencionalismos y roles sociales.

Soy un ferviente seguidor de esta serie, y acepto y comprendo la crítica que se le puede hacer de ser repetitiva, de seguir un mismo patrón, una plantilla de guión que pocas sorpresas ofrece. Ya son siete temporadas y el desgaste se nota, su equipo de doctores no tiene la frescura del primero de todos, la chica nueva no tiene el enganche (ni las curvas) de sus dos anteriores. Aún con este apremiante y palpable envejecimiento, la serie me sigue cautivando, la consumo de a poquitos, de madrugada y en soledad, como el buen whisky. 

Pero el otro día me alarmé, registré el capítulo doceavo y me ocurrió algo que antes no me había pasado, me acabó aburriendo. La historia de la hermanas era demasiado floja, estaba esperando que en cualquier momento les diera un infarto y acabaran las dos muertas, postradas en el suelo con sus caras pálidas y los ojos inyectados en sangre. Pero mi imaginación iba por otros derroteros más interesantes que los reales, tanto me asusté que al día siguiente me obligué a ver el siguiente capítulo, tenía que comprobar que todo había sido una pesadilla.

Para empezar se tratada del capítulo número 13, número al que asocio con la suerte, y una vez que lo vi tuve que admitir que se trataba del mejor capítulo de la temporada. Por fin un guionista había roto el molde, trazó una historia jugando con el tiempo y el espacio e introduciendo un metarrelato fantasioso dentro de la propia historia de ficción. En este capítulo, House se desnuda interiormente más de lo normal, unos niños (bichos que el médico prefiere observarlos dentro de una jaula) son capaces de hacerle frente en una partida con las barajas marcadas. En el propio capítulo se hacen varias alusiones a diversas películas, nada despreciable es el momento Pulp Fiction, una escena tarantinesca que rompe con el hilo narrativo consiguiendo que desde los primeros cinco minutos estemos enfrascados en la lectura audiovisual.

Este capítulo supuso un punto de ruptura con la monotonía anterior, tuvo aspectos novedosos que ya se echaban de menos, para los que seguimos degustando esta droga, nos hemos topado con una nueva composición que al menos en esta ocasión lo ha conseguido, que me vuelva a entrar el mono.

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