10/11/10

Caballero sin espada

Caballero sin espada


Conocí a Frank Capra a través de la serie documental que dirigió, Why We Fight, una serie de documentales encargados por el gobierno norteamericano para conseguir una opinión pública favorable al bando aliado y a la entrada de los norteamericanos en la II Guerra Mundial. Por ello acudieron a Capra, un mago del sentimentalismo, un diestro capaz de “llegar” al público más frío y sieso, eligieron al mejor posible para realizar unos documentales persuasivos que provocasen una reacción determinada en el espectador, no sé hasta que punto lo consiguieron pero lo cierto es que fueron de los pocos documentales de la historia que llegaron a ser un rotundo éxito de taquilla.

Pero hoy quiero resaltar una película realizada unos pocos años antes, en 1939 estrenó C
aballero sin espada, una obra maestra con un significado universal que se mantiene –y desgraciadamente se mantendrá– en el transcurso de la historia. James Stewart actúa de forma magistral, interpreta a Jefferson Smith, un hombre sencillo, bonachón, honesto y carente de maldad. Un grupo de políticos y poderosos le nombrará senador para utilizarle como vil marioneta, pero este joven de pueblo, tímido e inocente detenta un valor poco común en la cámara, la honestidad más pura.

Una película que obligaría a visionar a todo político que ocupase un cargo, una temática totalmente actual, de hecho, no debemos irnos muy lejos para encontrar casos de corrupción política o malversación de fondos públicos. Este peculiar senador, ayudado por su inteligente secretaria (Jean Arthur), luchará por aquello que cree, no descansará para que la democracia en la que vive sea más democrática, como bien alega “las causas perdidas son las únicas por las que merece la pena luchar”.


Sobrecogedor desenlace cuyo ideal permanece perenne más de medio siglo después, por ello hablo de obra maestra, a través de la palabra se pueden conseguir grandes obras. Podrá existir una férrea censura informativa, un sistema corrupto, unos políticos ineptos, pero ninguno de ellos, por muy poderoso que sea, podrá acallar el sonido desgarrador de una voz que lucha desinteresadamente por un ideal justo y democrático, una lección que no debemos obviar.

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